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Autor/a
Lic. Hugo Néstor Boetti

Carlos Pellegrini; una lección de los Viejos Ricos para los Ricos de Hoy (II)

Meses atrás comencé a escribir una serie de artículos relativos a los antecedentes que tenía en nuestro país los impuestos o contribuciones que en momentos de extrema necesidad se apelaba a ellos. Dichos artículos referían solo a antecedentes locales, a pesar de las múltiples experiencias que sobre ese tema había en el orden internacional o las que en la actualidad se estudian. Quise apelar a ellas fundamentalmente para demostrar que esta iniciativa no es ni nueva ni original, sino que están inscriptas en las acciones más importantes de hombres extraordinarios como lo fueron San Martin, Güemes y Pellegrini. En todos ellos expongo las circunstancias extraordinarias, el criterio, la rigurosa implementación y la consabidas reacciones de algunos sectores afectados por esas medidas. El detalle no era casual ya hoy que la historia se repite. Desde el mismo día que comenzó a filtrarse la información de que el gobierno Nacional, con el apoyo de los Gobernadores y grupos minoritarios de la oposición, estaba estudiando la alternativa de establecer un impuesto o una contribución extraordinaria, por única vez a las grandes fortunas, para atender concretamente los problemas derivados de la Pandemia, la cadena de medios opositores y las usinas dedicadas a las redes, comenzaron a expresar una cerrada oposición a la medida. Periodistas, economistas y panelistas de toda laya que se dicen "independientes", haciendo honor a su condición de buenos "empleados del mes" de esas fortunas, desparramaron todo tipo de reservas hacia el proyecto, desde las más ramplonas hasta las más ortodoxas del ideario liberal. Sabiendo bien lo que defienden, reiteraron la ya sabida condena a lo que llaman "apropiación fiscal". No hay duda que esta contribución hiere intereses enormes, entre ellos a los dueños de esos medios de comunicación que hoy desatan todo el fuego de lo que ellos mismos denominaron "periodismo de guerra”. En medio de todos ellos, los mas patéticos y risibles, aquellos que no poseyendo mas tierra que las de sus masetas, salen a manifestar contra el “despojo” que se le hace a las 9.298 personas físicas (según el registro de AFIP), que poseen más de 200 millones de pesos.

Es por eso, que en medio de este intencionado clima confrontativa, quiero rescatar un pasaje de uno de mis artículos. Me refiero aquel en el que C. Pellegrini relata una escena cargada de lección y ejemplaridad. Lo que allí narra nos servirá para poner una lupa para valuar las actitudes de algunos hombres, los de ayer y los de hoy. Creo no equivocarme que compartir estos dos hechos, de los cuales uno ya es historia y el otro, el presente, que encierra un final incierto, nos permitirá poner en valor los acontecimientos que se avecinan.

Dejemos a Carlos Pellegrini que nos lo relate con su aguda pluma:

"Hice ingresar a una salita reservada a 15 personas, que discretamente fui incorporando a una reunión privada y les hablé llanamente... Señores: la Constitución acaba de hacerme presidente pero la ruina que amenaza el país me prohibiría aceptar el puesto si no fuera capaz de evitarla; en cuyo caso el patriotismo me obligaría a dejar el cargo a otro que pudiera salvar la situación, y a cuyas órdenes yo me pondría. De inmediato les recordé que necesitábamos 8 ó 10 millones de pesos para pagar el día 15 la garantía de los ferrocarriles y los servicios de la deuda ya que, caso contrario, entrarían en crisis nuestro comercio exterior y el acceso a los mercados de créditos. Estaban presentes entre otros, Unzué, Alzaga, Casares, Anchorena y Tornquist. Se hizo un brusco silencio entre caras serias que antes participaban del arrebato del momento. Las miradas parecían decirme que había mostrado el cuchillo que llevaba bajo el poncho. Les adelanté un pliego en el que había proyectado las bases de un empréstito interno e invité a los presentes a suscribir y pagar de al contado. En la hoja en realidad sólo había escrito el nombre de los presentes y en el espacio superior la cantidad de 10 millones que se necesitaban. Les dejé el papel para que cada uno pusiera al lado de su nombre la cifra que podía aportar y me retiré a una sala contigua."Pasaron pocos minutos cuando fui llamado para recibir el papel de manos de Unzué. Hice la suma y con una alegría que no alcanzaba a esconder la emoción les informe el resultado… Son 16 millones. ¡Ahora sí soy Presidente! Los concurrentes también se mostraron contentos, habían desaparecido las caras ensombrecidas de unos minutos antes y se los veía alegres. Pagaban para salvar al país… y al amigo. Yo estaba conmovido y no era para menos, acababan de hacer una demostración ilimitada de confianza en mi capacidad y en mis fuerzas para conducir la crisis, arriesgando su patrimonio personal"."¡Qué gente Dios mío!... Eran amigos, eran ricos y por si fuera poco eran patriotas. Aunque lo hicieran por un país que les había dado su fortuna y su felicidad, estaban gastando plata de ellos, sin ninguna obligación que los forzara. Ojalá este espíritu se instale definitivamente y también los más poderosos de turno estén dispuestos a jugarse su fortuna".

El recuerdo de este capítulo y la incierta realidad presente me generaron sentimientos encontrados. A la emoción por lo particular de la escena y el placer de seguir el desarrollo de su precisa y fina pluma, le sigue el impacto de la profunda y medular valoración que hace de los personajes y de su gesto contributivo. Pellegrini no cae en fáciles conclusiones meritocráticas y voluntaristas. Lejos de ellas, coloca "al país" en el centro y como factor principal del origen de quien “les había dado su fortuna y su felicidad”. Por lo tanto, esa condición coloca “al país” como natural merecedor de ese aporte, por ser el factor principal de sus bienes. Los meritos y capacidades de esos hombres pasan a un segundo plano, destacando solo el gesto que, de todos modos, “estaban gastando plata de ellos, sin ninguna obligación que los forzara”.

Queda como sonoro final el deseo esperanzador de Pellegrini, que "dentro de cien o doscientos años, si el país lo necesita, también los más poderosos de turno estén dispuestos a jugarse su fortuna". Ojalá que resuene con vigor en los precisos sectores a quienes dejó esa esperanza. Los días por venir serán los que nos digan cómo se dirimirá esta tragedia.

NOTA: Los entrecomillados pertenecen a “La última carta de Pellegrini”. Edit. Sudamericana S.A.1999.

Fuente
Propia